viernes, 15 de enero de 2016

LA ALIENACIÓN DE LOS SENTIDOS


LA ALIENACIÓN DE LOS SENTIDOS Y DEL MOVIMIENTO. SENTIR  Y MOVERSE ES  DISFRUTAR.-
Joaquín Benito Vallejo

 Síntesis
Alienación de los sentidos y del movimiento significa la realización de estos en su objetivo meramente utilitario, dejando de desarrollarlos en su orientación más amplia, como medios de disfrute y de placer; como estímulos sensoriales y mentales; como elementos de crecimiento personal, con las aportaciones de la educación, la cultura y las artes, y sobre todo como medios para la comunicación y la solidaridad interpersonales.

Palabras clave
Movimiento, sentidos, vista, oído, tacto, gusto, olfato,  placer, cultura, arte, educación, comunicación,


Alienación significa estar fuera de sí, no estar en sí, estar desposeído, deshabitado, enajenado, ido, loco, no serse, no sentirse, no experimentarse.


“Los sentidos se especializan cuando se establece la diferencia entre la actividad para subsistir y la existencia. No es lo mismo la utilización de la boca para nutrirse que para saborear. El primero es la subsistencia, el segundo  la existencia.”
Carlos Gurméndez
TEORÍA DE LOS SENTIMIENTOS
Editorial Fondo de Cultura Económica
1981


Antes de la necesidad vital está el placer, porque éste es la motivación para alcanzar y cubrir la necesidad.  La vida  a lo largo de su existencia, lo primero que debió de aprender y organizar como uno de los aspectos más esenciales para seguir viviendo y perpetuarse, fue la necesidad del placer como un agente vital. En caso contrario ¿para qué vivir? ¿Qué estímulo puede ofrecer la vida si no es ese? ¿Cómo iban a luchar los seres por vivir si la vida fuera un sufrimiento? El placer es el camino para llegar a ser, la vía para vivir, el estímulo para moverse, para explorar el medio, para relacionarse con los demás, para crear y hacer. Todas esas acciones son mantenidas y conducidas por el placer. Luego, al final, resulta que también está el placer, y que ha provocado otros beneficios como la salud. Pero sin placer no puede haber salud. Sería una salud, incolora, inodora e insípida, y mucho peor, una salud sufrida. El placer  es el camino y la meta. Es bueno en el principio y en el final. No puede haber medios contrarios a los fines ni viceversa.

El cuerpo, es lo que define más claramente al ser vivo. Antes que nada se es un cuerpo, un sujeto material. Pero, un cuerpo que vive, es un cuerpo que siente.  Un cuerpo que se siente a sí mismo, que siente dónde está, que siente lo que le rodea. Siente el entorno más próximo donde vive, en el que vive, y al que necesita para vivir. Entorno, espacio o medio ambiente, como lo queramos llamar,  que forma parte de él, de su vida, espacio que necesita para vivir. Es un cuerpo que se mueve en ese entorno o espacio propio. Y para moverse en ese espacio necesita sentirlo, captarlo, percibirlo –y antes que nada disfrutarlo-. Y a la inversa, moviéndose en ese espacio aprendió a verlo, sentirlo, percibirlo, conocerlo. –y disfrutarlo-. Para lo cual dispone también de unos sentidos u órganos que le permiten la conexión con el entorno.

Lo más primigenio del ser vivo es sentir y moverse. Lo más básico y a la vez, lo más trascendente. La capacidad de sentir y de moverse nace con la vida, se desarrolla y crece con la vida y le es necesaria para vivir. Vivir significa explorar el espacio envolvente a la búsqueda de aquellos elementos necesarios para vivir. Busca los elementos que necesita, los elementos de que carece. Esta carencia o necesidad produce una insatisfacción, una tensión que conduce a la búsqueda y consecución del elemento necesitado a nivel celular, orgánico, personal, relacional, afectivo. Entre la insatisfacción de la necesidad interna y la satisfacción externa.  La sensación establece una conexión entre el interior y el exterior. Sentir es la base de todo lo vivo, del conocimiento, de la emoción, de la consciencia, del amor.

Por ello, la exploración de ese espacio, -que es también experimentación porque conduce a tener experiencias diversas- se convierte en búsqueda, –recherche-,  investigación del medio. Y esa búsqueda a la vez, debe acarrear placer. No solo el placer debe estar en la consecución del elemento necesitado, o en que ese elemento produzca sensaciones placenteras, sino, también en el proceso para conseguirlo.

El placer es la motivación y el estímulo tanto de la meta, del trofeo, como del camino seguido hasta alcanzarlo. Porque si el camino es doloroso -aunque a veces puede serlo, pero la necesidad placentera es tan grande que puede superar las dificultades- en caso contrario lo rehuiremos y no llegaremos a la meta.


En contra de ese enunciado anterior, se nos educa para llegar a una meta en la que se nos ofrece el paraíso –que además es mentira- pero en la que el camino para llegar a ella es un doloroso sacrificio. Se nos ha educado en el sacrificio y lo hemos incorporado a nosotros y nuestra forma de vida como una regla moral.  La meta, además del supuesto paraíso, es el efecto, el producto, -el premio-, de forma que por llegar a lo efectivo y productivo, hemos perdido y olvidado el afecto y el disfrute.

En este proceso los sentidos se han alienado, han quedado reducidos al ejercicio de la consecución del objetivo, de aquello que es productivo, de lo que se considera útil, perdiendo por ello la capacidad de disfrutar con el sentir. Al comer no saboreamos la bebida o el alimento, lo deglutimos; el oído solo lo utilizamos para entender un mensaje hablado, no para disfrutar del sonido; el tacto, únicamente como un medio útil para no hacernos daño con un objeto; idem de idem. Se nos ha educado para conseguir un objetivo, de modo que despreciamos los caminos para llegar a ellos por considerarlos pérdidas de tiempo, por lo tanto con ello nos perdemos disfrutes desconocidos y otros logros que se mueven en esos caminos. Por ejemplo, el disfrute con el tacto, -y con todos los sentidos- suponen una estimulación sensorial, -generando nuevas sinapsis neuronales-, por lo tanto ligado a la salud cerebral, mental y emocional, mientras que en el lado contrario, el hecho de ir directamente a una meta, siguiendo además un camino ya conocido y rutinario, no aporta nada a la experiencia, el conocimiento y la salud cerebral, ni tampoco al disfrute sensorial, la tranquilidad, el cambio del estado de ánimo, el encuentro consigo mismo.

El objetivo utilitario puede parecer la base de los sentidos, lo más primario para desenvolvernos en medio, pero el camino empieza por el sentir placentero, de la misma forma que el objetivo último de los sentidos es el deleite, lo aparentemente inútil, quedando en el medio la utilidad.  El oído está hecho para oír, pero si solo ha desarrollado la capacidad de  entender un mensaje básico, se convierte en  una alienación, -en la subsistencia- nunca será capaz de disfrutar de la música, -la existencia- por ejemplo. Porque en la música se perciben tonos, melodías, ritmos, instrumentos, acordes, etc., etc., pero sobre todo, la transmisión de emociones y sentimientos, que trascienden lo útil, que llegan al alma, que es la “existencia” del ser, más allá de la subsistencia.  Lo mismo ocurre con los otros sentidos.

Pero a la vez que un placentero bienestar, el camino de exploración  también supone un riesgo, que puede impedir los placeres intermedios o últimos, o incluso amenazar a la misma vida, tengamos esto en cuenta.

El placer, por un lado, desde el principio, está ligado a la experimentación y a la investigación. El placer está, debe estar en el principio de la vida. Y el placer debe radicar fundamentalmente en los medios, elementos, órganos, capacidades que orientan la búsqueda, tanto o más que en la consecución. Tales medios son en síntesis los sentidos y el movimiento. Este último a la vez está ligado con otros sentidos, más allá de los seis habituales, el sentido kinestésico, el sentido rítmico, el sentido del equilibrio, el sentido espacial.

Por lo tanto, según esto, los sentidos y el movimiento, deben ser ante todo fuentes de placer, fuentes de vida,  hacer la vida cada vez más placentera, mejorar la propia vida, a la vez que desarrollar más capacidades para que así sea. No pasemos adelante sin olvidar que los sentidos y el movimiento –temas centrales de este texto-, a la vez que fuentes de placer, nos avisan de lo que no es placer, o lo que es lo mismo, de aquello que puede entrañar un peligro para la vida. Por lo cual se convierten a la vez que en fuentes de placer o de deseo, en fuentes de temor o miedo, ansiedad y sufrimiento. Y a veces el miedo vence al deseo placentero, produce un trauma si ha sido muy fuerte  o se ha repetido muchas veces, convirtiéndose en el que manda. Entonces, el ser vivo traumatizado por el suceso se convierte en un mezquino, en un miedoso, que no se quiere arriesgar, que quiere permanecer en un estado seguro, para lo que evita el moverse o explorar lo menos posible el medio y con ello carecer también de nuevas experiencias y aprendizajes. Ya veremos más adelante que lo que se acaba de decir puede ser una simpleza si no se tienen en cuenta otras causas. Se llega a ser mezquino por los condicionamientos educacionales – medioambientales - sociales, no simplemente porque uno quiera. Uno por sí mismo nunca lo quiere. Le han hecho así en su educación. Estos condicionamientos son en definitiva la escasez de recursos personales – socio - culturales para desarrollarse.

(Aprender es adquirir nuevos conocimientos y capacidades). Cuando  los sentidos y el movimiento se restringen a lo mínimo y básico, el ser vivo que cae en ello, se queda en el peldaño de la supervivencia, sin llegar al de vivir existencialmente. Si la vida es placer, la supervivencia no lo es, es aguante, resignación, rutina. (Cuándo pregunto en las clases: que sentís, me contestan: no me duele nada. Es decir asocian sentir con dolor)  Puede dar una cierta seguridad, pero también a la vez, angustia o sufrimiento, porque el temor siempre está subyacente. La supervivencia puede ser un estar sin ser. Estar a medias. Esto significa, que los sentidos y / o el movimiento se han alienado. Porque nos han desposeído,  ya que no nos dejan sentir plenamente, experimentar, disfrutar, impiden que seamos todo lo que pudiéramos ser. Nos han dejado a medias, rotos. Nos han dejado los sentidos solo para sufrir, únicamente para avisarnos de los peligros, no para disfrutar con ellos.

Los sentidos y el movimiento se han quedado únicamente reservados para la supervivencia, no para la vida, no para el placer. Se han quedado anquilosados, pauperizados, deteriorados, degenerados, se han quedado anclados en su quehacer más rudimentario. El sentido de la  vida –el sentido de los sentidos, el vértice en el que todos los sentidos confluyen- no yace meramente en su aparente utilidad, sino en el más allá de la utilidad. Incluso, la auténtica utilidad recae precisamente en lo aparentemente inútil. El sentido de la vista, del oído, del tacto, del gusto del olfato no pueden limitarse al estrecho camino de detectar peligros, sino en el amplio campo de percibir -y posibilitar- placeres. Los sentidos se ligan así desde el principio de la vida, a los sentimientos. Sentir no es solamente captar una luz, un color, un sonido, una palabra, un olor, un roce…, es asociarlo a displacer o placer, a un recuerdo, a una imagen a un sentimiento. Y por lo tanto, está asociado a los otros, a la comunicación, a la cultura, al arte. Los sentidos se enriquecen con la cultura, con la educación, con la comunicación, con los otros.  Necesitan de estos ámbitos para no alienarse ni degradarse. Necesitan ser refinados, cultivados, culturalizados, socializados, “sentimentalizados”.


(Y paradójicamente, desde este punto de vista, sentir también es sufrir.  Porque nos hace más sensibles. Porque siento mis carencias y pérdidas, y me identifico con los sentires de los demás, sus pérdidas y carencias. Mientras que la utilización de los sentidos y el movimiento para la mera supervivencia también es utilizarlos como coraza para no sufrir. A la persona se la convierte en una máquina y en una herramienta de trabajo)


Todos los sentidos nos advierten de aquello que puede hacernos daño o ser peligroso y todos nos deleitan de placer. Quedarse solo en la primera función es lo alienante, llegar y enriquecer a la segunda es lo extasiante. Es aquí que el cuerpo, los sentidos y el movimiento se convierten en herramientas de trabajo solo  preparados para cumplir la función de sobrevivir y o producir. Producir para sobrevivir. Almas preparadas, domesticadas, para disfrutar de la otra vida según la religión les ha inculcado. Almas preparadas como herramientas de trabajo para ganar para sobrevivir. Y almas domesticadas también para no sentir, para no sufrir, porque si sintieran y sufrieran se revelarían contra la opresión impuesta.

En cualquier caso, los sentidos envían información al cerebro de  lo que captan, en el primer caso la información es escasa, definitoria y contundente, -hasta que llega un momento en que no aporta nada nuevo, se convierte en una rutina, en actos mecánicos-, mientras que  en el segundo caso, la información sensorial puede ampliarse hasta límites insospechados, originando conexiones neuronales múltiples, con lo cual ya vemos que los segundos son más enriquecedores. La primera función se queda anclada en mantener la mera supervivencia,  la segunda lleva al placer de vivir, el disfrute sin límites de la cultura, las artes, la comunicación y cooperación  con los demás, la creatividad. Pero también el sufrimiento de la existencia, del mundo, de los otros, de la injusticia. (Elementos considerados en muchos ámbitos inútiles, que no producen nada, que no sirven para nada efectivo. Elementos a las que las personas que sólo están en la supervivencia de los sentidos, nunca han llegado a saborear.  –ni a sufrir-.

El placer de los sentidos es ilimitado, cultivarlos para lo exquisito, para la belleza, para la comunicación, para el afecto. Para disfrutar de la naturaleza, del paisaje, de la ciudad, sus olores, sus sonidos, sus colores, sus texturas. Para disfrutar con la cultura y el arte, la literatura, la poesía, la música, la pintura, la escultura, la arquitectura, el cine, la danza, el teatro. Para compartir con los demás, comunicarnos, solidarizarnos, querernos.

(En el entorno está todo lo que necesitamos para vivir y por lo tanto, todas las fuentes del placer. El entorno humano no lo configuran solo oxígeno, y alimentos, son fundamentalmente los otros. El afecto que de ellos se desprende, la comunicación, la solidaridad, el compartir, el co-crear. Y el mayor temor es la pérdida de esos placeres y / o necesidades)

 El gusto no es únicamente distinguir sabores siempre en base a lo que puede ser malo o bueno para el organismo. Es saborear y paladear, con el sentido de que la comida que es una necesidad vital, sea placentera, pero además, la comida se asocia siempre a la compañía con otros, con los que se disfruta a la vez, compartiendo y comentando  sus sentimientos. La mayor aberración de la comida es comer sin saborear, engullir, sin pasarlo por el paladar, comer solo o en silencio, hacerlo como una obligación, o lo que está muy de moda con la obsesión por la salud, que es comer únicamente, aquello que han aconsejado los expertos, que es saludable, fijándose solo en las vitaminas o proteínas que contiene el alimento, para mantenerse en buen estado de salud. –Otra forma de utilidad-. Igual que cuando después de realizar un ejercicio, me preguntan: ¿esto para qué sirve? ¿qué cura? Y yo les puedo contestar ¿te ha gustado? Lo más importante es que te guste. Ya ha servido para algo. 

Los sentidos al pasar por el cerebro guardan recuerdos y hacen brotar imágenes, son evocadores, nos llevan a los sentimientos y afectos arcaicos ya lejanos de nuestra vida pasada. El olor también nos advierte de algún peligro, de algo malo, como es un cuerpo en descomposición, pero también de lo bueno, donde radica el placer, de una comida, de una planta… Y también del celo animal que conduce a la búsqueda y al apareamiento –otra necesidad vital para la existencia de la especie, para que la vida siga perpetuándose.- El olor a un alimento, a una planta, a un paisaje, a un cuerpo…. Nos hacen rememorar el pasado, volverlo a vivir, conducirnos al éxtasis.


El tacto es quizá el más vital de todos los sentidos porque es el que más ligado está al afecto.  Aunque también es el más vital –el único sin el cual no podríamos vivir- porque se asienta en toda nuestra piel, que es a la vez la que delimita nuestro cuerpo, nuestro ser, nuestro yo. (Es todo el cuerpo el que tiene el sentido del tacto, mientras que no podemos decir que el cuerpo entero oiga o vea, aunque metafóricamente sí.). Y el más vital porque sin tacto no podríamos tampoco movernos, ni caminar. Nos chocaríamos con los objetos, no podríamos apoyar los pies en el suelo. Pero aparte de su papel como coraza y arma protectora, el placer de tocar es inmenso. Tocar los objetos por tocarlos como disfrute, sintiendo texturas, formas, volúmenes, temperaturas… y sentir a otras personas, acariciar y ser acariciado.  El tacto se aliena cuando es utilizado únicamente para utilizar los objetos de la vida cotidiana y del trabajo, con el único fin de hacer las tareas.


El oído no queda solo para escuchar los significados de los mensajes sino para captar las tonalidades, la música, el canto de los pájaros, el susurro del rio. El oleaje, el viento en los árboles. Y siempre con la asociación a sentimientos: ternura, tristeza, alegría, bienestar, dolor, pérdida, temor, pasión.




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