domingo, 27 de abril de 2014

El arte del contacto humano


 
Tocar es sentir y amar.
Si toco tu piel siento tu alma latir.
Porque tocar tu piel, si la siento, es tocar tu corazón.
Tú eres todo, lo que se ve y lo que permanece en la oscuridad.
Pero si yo solo te rozo, y lo siento, lo que estaba en las sombras comienza a ver la luz.
En tus entrañas puede haber reposo o inquietud, mis dedos lo saben al tocarte.
Pero si estás en reposo, quizá quieras despertarte, o quieras seguir soñando.
Aunque si en la inquietud yaces, mis dedos pueden llevarte a un lago tranquilo.
Porque tú eres vida, la vida se mueve, habla y escucha, se agita o se estremece, palpita.
Lo que ocurre en el fondo del océano encuentra su vibración en la tierra,
el aire que susurra a la arena agita las algas marinas.
Es la vida. Así de sencillo, así de inteligible, así de misterioso.
Mis dedos ven, oyen, huelen, saborean, y te despiertan a ti los sentidos.
Si yo te siento, tú te sientes. Es el poder del tacto amoroso, como no puede ser otro. Como yo quiero que sea y tú quieres que sea.
Puedo acariciar con mis ojos, soñar con mis oídos, saborear con mi piel, y tú, con mis dedos ves, hueles, oyes, saboreas.
Tú eres, porque te toco. Yo soy porque te toco. Somos uno con el otro.
Pero somos dos no somos uno. Tú eres tú, yo soy yo.
Aunque estemos bañados el uno en el otro.
Es la vida, perpleja, misteriosa.

sábado, 26 de abril de 2014

Las sensaciones, alimento básico del cerebro.



La función sensorial.
          
La función sensorial corresponde a los sentidos: órganos capacitados para captar las cualidades tanto del propio cuerpo como del medio exterior, cada uno dentro de su especialidad.  En el proceso sensorial se desencadenan diversas funciones y ponen en marcha variadas estructuras corporales. 
Primero, el sentido que capta las señales del exterior o del propio cuerpo. 
Segundo, los nervios que transmiten la información sensorial hasta la médula espinal y el cerebro. 
En tercer lugar las neuronas cerebrales que reciben la información. 
Por último, la transmisión de las informaciones a las células de la corteza cerebral donde se contrasta la información, se clasifica y organiza. 
Y desde aquí se vuelve a establecer otro camino hacia fuera similar al que se hizo anteriormente hacia dentro, enviando ahora las órdenes hacia las extremidades corporales  para que los proyectos o deseos de la corteza cerebral se cumplan, actuando sobre el entorno que nos rodea o sobre el propio cuerpo. 
El cerebro, en primer lugar aprende por el cuerpo y en segundo lugar, el cuerpo se perfecciona mediante el cerebro. 
A través del cuerpo, el cerebro conoce la realidad corporal y ambiental; mediante el cerebro, el cuerpo modifica su realidad y la del ambiente. Es una interacción continua.

          Para que todo este proceso sensorial se desarrolle sin fallos, primero ha de haber un organismo vivo que se mueva y actúe en un medio ambiente con estímulos, excitaciones, atracciones y obstáculos a veces, para alcanzarlas. Si el medio carece de estímulos o es deficitario respecto a algún campo sensorial, el órgano u órganos encargados de recibir esos estímulos se atrofiarán o, no se desarrollarán convenientemente, ocurriendo lo mismo con las neuronas cerebrales que deberían recibir, procesar y utilizar esas informaciones sensoriales. Puede ocurrir también que el órgano receptor tenga alguna deficiencia y no pueda captar las sensaciones por lo que al cerebro no llegará ninguna información y las neuronas preparadas para ello tampoco se desarrollarán. Puede ocurrir, de igual modo, que el fallo lo tenga el sistema nervioso  encargado de llevar el mensaje hasta el cerebro, puede, por último ocurrir, que la deficiencia esté en el mismo cerebro. En cualquiera de estos casos las neuronas no tendrán la posibilidad de desarrollarse.

          Aunque no haya  ninguna deficiencia en ningún eslabón de la cadena sensorial, hemos de activar continuamente la entrada de sensaciones  y cada vez de una manera más variada y compleja, para que las neuronas no dejen nunca de seguir desarrollándose.  

          Los alimentos materiales que precisa la neurona son muy elementales –oxigeno y glucosa en cantidades ínfimas-, que proporcionan la energía básica para el funcionamiento celular, pero es muy exigente en cuanto a la cantidad y la calidad de las sensaciones que quiere, cada vez más y más  variadas y complejas.

Funcionamiento de las neuronas.

          Podemos comparar la neurona con un árbol. Consta de un tronco del cual crecen ramas y brotes. De manera similar a como el movimiento hace crecer los músculos y los huesos fijando el calcio en ellos, por lo que el movimiento es más importante para el desarrollo equilibrado del cuerpo, que el hecho de tomar dosis extras de calcio para que no aparezca una osteoporosis, las ramas y los brotes que crecen del tronco neuronal, conductos por donde se transmite la información a otras neuronas, crecen en la medida en que las sensaciones  entran y salen por ellas. Las ramas neuronales que reciben la información se llaman dendritas, las que la envían axones y los brotes son las sinapsis, puntos donde se establece la conexión. Sin embargo, no existe ninguna unión directa entre las dendritas receptoras y el axón emisor. La conexión se verifica en un espacio líquido que contiene sustancias químicas. Estas sustancias se llaman neurotransmisores y están formados por aminoácidos y proteínas. 
Cuando la actividad sensorial es escasa las ramas y los brotes nuronales son pobres y los neurotransmisores se “desperdician”. Por el contrario, las ramas se harán largas, fuertes, densas y espesas, -algunas pueden llegar a medir hasta varios metros-, e irán formando un frondoso y laberíntico bosque, entrelazándose unas con otras, aumentando también los neurotransmisores,  si la información sensorial no deja de pasar por ellas y cada vez es más rica y compleja a lo largo de toda la vida.

          Pero en la medida en que dejemos de potenciar nuevas sensaciones, que dejemos de aprender y que hagamos una vida rutinaria y monótona, donde todo es igual, las ramas dendríticas y axónicas, e  incluso el tronco neuronal se irán secando, de ese modo, donde debería haber un frondoso bosque va apareciendo cada vez más un desierto despoblado, el cerebro se queda hueco como una esponja.


En resumen.

          Recapitulemos. Por un lado, las sensaciones constituyen el alimento básico de las células del cerebro, las neuronas. 
Por otro, las sensaciones son informaciones, datos, contenidos, conocimientos con los que se va llenando nuestra mente. 
La estimulación sensorial y perceptiva produce modificaciones físicas y mentales. 
El primero es un componente físico, material, acompañado de corrientes eléctricas y descargas químicas mediante las cuales se activan y desarrollan las neuronas, modificándose su estructura anatómica, creciendo ramificaciones, originándose  conexiones sinápticas, activándose los neurotransmisores y en la que se ve involucrado el sistema nervioso junto con los sentidos y la motricidad, cuyo umbral de sensibilidad y la capacidad de captar y trasmitir las sensaciones va agudizándose.  
El segundo supone un componente mental, inmaterial pero que puede medirse y comprobarse por lo que produce y crea cultural y socialmente. 

Cuántas más variadas y ricas sean las sensaciones con las que estimulamos a nuestro cuerpo, más engranajes y circuitos se crean entre las neuronas, mas facilidad de conexiones se establece y más capacidad mental se adquiere, más datos se tienen para conocer la realidad y operar sobre ella. 

La segunda modificación alcanza a las estructuras del pensamiento y de la consciencia. 
Las neuronas son muy exigentes necesitando continuamente nuevas sensaciones, más refinadas y más complejas. Las sensaciones arcaicas y rutinarias no generan ninguna nueva ramificación.  
Toda actividad física o sensorial, correspondiente a los sentidos, activa las neuronas. Cuántos más sentidos se pongan en actividad, cuánto más interés pongamos en captar las sensaciones de nuestro cuerpo y del medio que nos rodea, cuántos mas capacidades estén implicadas más se activan las neuronas y la información.

          Hay dos tipos de estimulación sensorial, una pasiva y otra activa. 
La primera la recibimos sin querer, sin poner ningún interés por nuestra parte, simplemente por estar vivos en un ambiente con distintos estímulos, sean naturales o culturales o simplemente por  movernos sin ningún objetivo determinado. 
La segunda es una estimulación querida, buscada, por la que el sujeto se preocupa y lucha por conseguirla, estableciéndose un diálogo con el medio, haciéndose preguntas del porqué de las cosas, intentando mejorarlas. 
Las informaciones pasivas se alojan en el área alfa del cerebro, mientras que las activas llegan al área beta de la corteza cerebral. 
El área beta es el  área del cerebro especializada en la comunicación, el análisis y el proceso lógico, base de habilidades, acciones conscientes, intencionadas y libres,... con un máximo de posibilidades para el establecimiento de conexiones o sinápsis entre las neuronas. ...Cualquier información buscada y no meramente recibida (receptiva) aumenta la frecuencia de las ondas rápidas (ondas beta), reduciendo al mismo tiempo, la actividad de las ondas alfa, que son las lentas, pasivas, de las imágenes oníricas” (Gimeno y otros , pag. 13 - La educación de los sentidos. Editorial Santillana. Madrid 1986).

          Ese es el tipo de activación neuronal que nosotros perseguimos poniendo en marcha el proceso sensorial  que comienza con la concentración y busca la observación, la percepción y la consciencia corporal, con la consecución de la relajación y la mejora de la unidad: cuerpo, mente, comunicación.

(Extraído de Cuerpo, mente, comunicación.  Joaquín Benito Vallejo. Editorial Amarú)

jueves, 24 de abril de 2014

¿Estamos genéticamente programados para el cariño?

¿Estamos genéticamente programados para el cariño?

Manuel Vitutia Ciurana. 


“Blog de Psicología y Psicoterapia: Manuel Vitutia nos regala hoy un poquito de su capacidad de análisis, investigación y síntesis, aderezado de ternura. Y es que la Ciencia no está reñida con el amor.”


De la frialdad al cariño. Breve historia del sentido común.
¿Es aconsejable dar muestras de afecto a nuestros bebés? ¿Qué relación existe entre el cariño materno recibido durante la infancia (o su ausencia) y el equilibrio psicológico en la edad adulta? Hoy en día casi nadie duda de la importancia crucial que el afecto y el contacto físico entre la madre y el bebé tienen para el desarrollo físico y emocional de l@s niñ@s, pero esta visión contemporánea no siempre ha sido la dominante.
Durante los siglos XVIII, XIX y hasta la primera mitad del siglo XX, la idea imperante en los círculos médicos occidentales era que un excesivo contacto físico con el bebé resultaría perjudicial para su desarrollo. La opinión más extendida era que el cariño y el afecto producirían niñ@s débiles, sin voluntad y enfermiz@s. Adicionalmente, si el bebé era varón se afirmaba con rotundidad que el amor materno le convertiría en un afeminado. En realidad esta doctrina se sustentaba en las normas sociales victorianas y en la moral religiosa cristiana, ambas sumamente patriarcales y represivas con el afecto y la intimidad física. Como es evidente, no había nada de empírico ni de científico en estos postulados.
Para cualquier naturalista del siglo XVIII o XIX era evidente que el contacto afectuoso entre una madre y su cría es un hecho constante en infinidad de especies, alcanzando su punto máximo entre los mamíferos. De igual forma, los viajeros, exploradores o misioneros, habían constatado que en muchísimas culturas no occidentales, el contacto entre las madres y sus hij@s era más frecuente, más afectuoso y más prolongado en el tiempo que en occidente, sin que ello hubiera debilitado o arruinado la especie. Sin embargo, ninguna de estas evidencias iba a ser tenida en cuenta por quienes consideraban al Hombre Blanco como creado a imagen y semejanza de Dios y completamente ajeno al resto de razas humanas y especies animales. O dicho de forma más clara: Por encima de ellas.
Siguiendo esta ideología, la educación y crianza de l@s niñ@s se desligó de cualquier aspecto emocional o afectivo. Las instituciones de enseñanza, los hospicios o los pabellones pediátricos de los hospitales se diseñaron para cubrir las necesidades de alimento, higiene, disciplina e instrucción de l@s pequeñ@s. Socialmente se reprobaba dar muestras de cariño a los bebés y entre las clases acomodadas era frecuente que los padres y madres jamás tocaran a sus hij@s y encargaran todas las tareas de cuidado a las amas de cría. Éstas eran aleccionadas para no echar a perder a l@s niñ@s, con demasiadas caricias o atenciones.
Durante la primera mitad del siglo XX, surgieron dos teorías psicológicas irreconciliables que dominaron el panorama académico: El psicoanálisis y el conductismo. Pero por motivos diferentes, ninguna de las dos estaba en situación de cambiar mucho las cosas.
Psicoanálisis: La represión es el objeto de la educación
El psicoanálisis, por un lado, hundía sus raíces ideológicas en la moral victoriana y patriarcal vienesa del siglo XIX, y a pesar de sus postulados escandalosos en cuanto a las motivaciones humanas, no llegaba con intención de variar las pautas educativas, el papel de la mujer, ni las concepciones del maternaje.
Uno de los postulados centrales del primer psicoanálisis, el de Freud, era que l@s niñ@s tienen profundos instintos y sienten violentos deseos sexuales que dirigen hacia sus progenitores. Esta sexualidad infantil no podía entenderse cualitativamente como la sexualidad adulta, sino más bien como un impulso hacia la satisfacción física centrada en los distintos procesos corporales (como la alimentación o la evacuación); sin embargo, la imagen de un bebé con fuerte impulso sexual, que alberga sentimientos de atracción hacia uno de los progenitores y de furiosos celos hacia el otro (complejos de Edipo y Electra), no iba a ayudar mucho en la legitimación moral de patrones de crianza centrados en el contacto físico y el afecto. ¿Quién se sentiría cómod@ abrazando a un hijo o hija que cree que le odia o le ama de forma cuasi-erótica o teme ser castrado como castigo por sus incestuosos deseo? Y es más ¿sería esto conveniente? ¿Y apropiado? ¿Y moral?
El psicoanálisis supuso una profunda revolución sobre la visión del ser humano cuyos ecos alcanzaron todas las facetas culturales, desde el arte hasta la filosofía, pero en el campo de la educación y la crianza su posición fue obstinadamente conservadora. Aunque Freud nunca articuló una teoría unitaria y coherente sobre la educación y la crianza, sí expuso su opinión al respecto a lo largo de toda su obra. Especialmente reveladora es su libro: Cinco Psicoanálisis. Caso del pequeño Hans. Análisis de la fobia de un niño de cinco años. Para Freud, la principal función de la educación era la represión de los instintos del niño o la niña y su ajuste al principio de realidad. Para él, existen dos fuerzas a tener en cuenta en la acción educativa: La dimensión natural o biológica del bebé (que busca satisfacer sus instintos y necesidades, buscar el placer y escapar del dolor) y la dimensión social o limitadora (que tiene que reprimir al niño o niña para hacerlo encajar en los patrones sociales y morales).
Para Freud, por tanto, la principal función de la educación era impedir la expresión de las tendencias espontáneas y libres del bebé, y para ello el método más valioso es la prohibición. La prohibición alcanza para el psicoanálisis el estatus de esencia de la acción socializante. De esta forma, la represión no es algo anexo o colateral en la educación, sino su centro, su razón de ser. Y en lugar de atribuir a la crianza y a la educación la función de ayudar, facilitar o guiar en el desarrollo y maduración del ser humano, le asigna un papel estrictamente disciplinario: Poner límites, reprimir los deseos y castigar por las infracciones son el camino que llevará a conseguir un ser humano debidamente reprimido y adaptado a la moral y costumbres de la sociedad.
Con este trasfondo ideológico, las muestras de cariño y afecto pasan a ser conductas indeseables a reprimir. Puesto que la función educativa es coartar los impulsos y fuentes de satisfacción naturales del bebé, y en vista de que el mayor impulso y fuente de satisfacción de un recién nacido es buscar el amor y la ternura de su madre, es precisamente ese tipo de conductas el que debe ser reprimido con contundencia. Satisfacer al bebé en su búsqueda de cariño y cercanía física le alejaría del principio de realidad y crearía a un ser humano inadaptado a la estricta moral victoriana de la época.
Sin embargo, un discípulo de Freud llamó la atención sobre un hecho preocupante.
René Spitz: “¡Devuelvan el bebé a su madre!”
René Spitz era un médico de origen austriaco que tras conocer a Freud y formase como psicoanalista, desarrolló una importante carrera profesional a lo largo de varios países. Uno de los intereses centrales de Spitz era la infancia, concretamente el primer año de vida, y los factores que incidían en el desarrollo emocional y afectivo de los bebés. Él fue el primero que utilizó la observación como método de estudio de la infancia y la aplicó no sólo a niñ@s enfermos, sino también en los que estaban completamente sanos.
Spitz reparó en un hecho que marcó a partir de entonces sus investigaciones: La mortalidad de los bebés hospitalizados que eran separados de sus madres era estadísticamente mucho mayor de la esperada, especialmente cuando l@s niños habían sido ingresados tras haber establecido ya un vínculo afectivo con sus madres. Spitz descubrió que esta mortalidad empeoraba en relación con el cariño o el desprecio impersonal con que las enfermeras trataban a l@s niñ@s. Es decir, por más que los bebés fueran debidamente alimentados, aseados y medicados, si eran tratados fríamente, sin ninguna muestra de afecto, ni siquiera con el tono de voz, la tasa de fallecimientos era anormalmente alta.
Spitz descubrió que los bebés así tratados, mostraban un cuadro similar a la depresión adulta, que incluía pérdida de la expresión facial, desaparición de la sonrisa, completo mutismo, pérdida de apetito, insomnio, pérdida de peso y retardo en las capacidades psicomotoras. Si la separación de la madre era breve (menos de tres meses) los síntomas parecían completamente reversibles: Bastaba con entregar el niño o la niña a su madre para que el cuadro remitiera con rapidez. Sin embargo, si la separación se prolongaba por más tiempo, los síntomas se agravaban, la tasa de mortalidad crecía y las consecuencias se volvían irreversibles: L@s niñ@s parecían quedar completamente incapacitados de forma permanente para entablar vínculos afectivos apropiados, limitación que no remitía tras la salida del hospital, ni en los años siguientes.
Spitz llamó a este síndrome, Hospitalismo y su investigación supuso una seria advertencia acerca de la importancia del vínculo afectivo entre la madre y su criatura. Una vez que el vínculo se había formado, una ruptura prolongada de éste era virtualmente fatal: Muchos bebés se dejaban literalmente morir y el resto jamás alcanzaba una normalidad psico-afectiva.
El amor de la madre era un puntal sobre el que descansaba la salud mental adulta.
Los trabajos de Spitz llamaron fuertemente la atención en círculos médicos y psicológicos y muchas instituciones hospitalarias cambiaron radicalmente el trato que daban a l@s niñ@s ingresados. Al mismo tiempo, la obra de Spitz fue el germen del que nacería, más adelante, la moderna concepción de apego.

Conductismo: Las máquinas no necesitan amor
El conductismo, a diferencia del psicoanálisis, no surgió de los salones de la alta burguesía y aristocracia vienesa, sino de los laboratorios de experimentación médica. El precursor de esta corriente fue el fisiólogo ruso Ivan Pavlov, Premio Nóbel de Medicina en 1904, que durante sus estudios sobre el sistema digestivo se topó con un hecho curioso: Los perros con los que estaba experimentando comenzaban a segregar saliva en cuanto veían a los investigadores que habitualmente les alimentaban. Pavlov, en su célebre serie de experimentos, demostró que podía conseguir que los perros comenzaran a salivar ante cualquier estímulo que se hubiera asociado a la comida, tales como campanillas, luces, timbres o metrónomos. A raíz de este descubrimiento fue surgiendo toda una teoría sobre la conducta, fuertemente marcada por la idea de que la asociación entre estímulos y la utilización de recompensas o castigos era el elemento principal para comprender y modificar el comportamiento humano.
Nacido de los laboratorios, el conductismo rechazó con virulencia cualquier disciplina, acercamiento, conocimiento o método que no se adaptara férreamente al paradigma experimental. Debido a esta limitación, muchas dimensiones humanas quedaron fuera del foco de investigación. Siguiendo la tesis de que sólo los comportamientos observables y medibles en el laboratorio podían ser objeto de estudio, el conductismo más ortodoxo negaba la importancia de los pensamientos o el lenguaje en la explicación de la conducta humana. Semejante punto de partía convertía al ser humano en una especie de máquina respondiente programable, lo que aplicado al tema de la crianza podía resumirse así: Lo único que se necesita para criar y educar a un ser humano equilibrado es cubrir todas sus necesidades biológicas, controlar los estímulos a los que se le expone y dispensarle las recompensas y castigos adecuados para que su conducta se ajuste a lo deseado. El mayor psicólogo conductista de todos los tiempos B. F. Skinner, llegó a rechazar el término psicólogo y se autocalificó como Ingeniero del Comportamiento.
El cariño, la atención y el afecto adquirían así un papel meramente instrumental, es decir, que podían ser utilizados como recompensas en la programación de la conducta. Su papel no era ni mucho menos central y la capacidad de estos para modificar la conducta siempre sería menor que la de la comida o el agua. El cariño entre una madre y su cría (humana o no) había pasado a convertirse en un medio para moldear la conducta; no era un fin en sí mismo.
Aunque el conductismo en ningún momento negó explícitamente la importancia del afecto en la crianza, y desde luego jamás afirmó que el contacto con los bebés fuera pernicioso, su interés estaba muy alejado de estos asuntos. Sin embargo esto no evitó que los problemas comenzaran a llegarle desde otras disciplinas, como la zoología o la etología, que estudia el comportamiento espontáneo de los animales en su hábitat natural.
Una de las tesis centrales del conductismo era que todas las conductas, sin excepción, eran aprendidas; O dicho de otra forma, que no había nada innato en el ser humano, nada que no pudiera ser moldeado por la crianza; los bebes nacían como pizarras en blanco sobre la que podía escribirse cualquier cosa, conforme a las Leyes y Ecuaciones descritos por la naciente Psicología del Aprendizaje: La conducta podía ser modificada, tanto en seres humanos como en animales, lo que permitía que una rata pudiera ser entrenada para pulsar una palanca dispensadora de comida y que un niño pudiera ser educado como si fuera barro fresco.
John B. Watson, el psicólogo norteamericano fundador del conductismo, lo expresaba de forma contundente en uno de sus pasajes más célebres:
Dadme una docena de niños sanos para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger -médico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón- prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados.”
“Psychology as the behaviorist views it”. John B. Watson
La frase era desde luego una exageración y el propio Watson así lo reconocía; sin embargo sí es una buena muestra del optimismo que los conductistas sentían con su capacidad para explicar y modificar el comportamiento humano. Por primera vez, la psicología se sentía en disposición de formular las Ecuaciones Generales de la Conducta, algo así como las Leyes de Newton que regían el mundo de la Física.
Sin embargo, este optimismo simplificador pronto se toparía con la compleja realidad. Al adoptar como premisa teórica que todos los comportamientos eran aprendidos, es decir, que toda conducta se aprendía tras el nacimiento, el conductismo cerraba los ojos ante multitud de hechos que contradecían radicalmente este postulado.
La impronta: Konrad Lorenz y sus hijos los patitos
Cualquiera que haya contemplado el nacimiento de un ternero habrá comprobado que no necesita ser enseñado por nadie para poder encontrar la ubre de su madre; tampoco una cría de macaco rhesus requiere de ningún aprendizaje para agarrarse con firmeza al cuerpo de la madre y no soltarse de ella, pase lo que pase. De la misma forma, los pollos de codorniz recién salidos del huevo se están completamente quietos y agazapados en el terreno, sin que nadie les haya explicado que eso es lo más conveniente para su supervivencia. Hay una multitud de ejemplos, pero un caso concreto sacudió los pilares del conductismo.
Konrad Lorenz era un zoólogo y etólogo austriaco que desde niño había sentido fascinación por los patos, los gansos y las ocas. Aunque inició su formación en medicina, dedicó la mayor parte de su vida a estudiar el comportamiento de los animales en su hábitat natural. Lorenz, como tantas personas antes y después que él, había observado que los pollitos de estas aves nada más romper el cascarón, echan a andar detrás de la madre. La imagen de una hilera de pequeñas ocas siguiendo a la madre oca es probablemente familiar para todo el mundo; pero Lorenz reparó en que cuando los gansos, patos u ocas, no encontraban a la madre al nacer, seguían a la primera figura que encontraran, con tal que fuera más grande que ellos y se moviera. Así, el propio Lorenz se convirtió en la madre de muchas generaciones de patitos.
Las imágenes del Konrad Lorenz seguido por una hilera de gansos u ocas recién nacidos son célebre en los manuales de psicología y etología; también aquellas en las que aparece trabajando en su despacho y rodeado de multitud de patos adultos; o aquellas otras en las que nada en un lago mientras algunas ocas lo hacen a su alrededor: Una vez que los pollitos habían establecido el vínculo con él mostraban una tendencia inquebrantable a seguirle allí donde fuera. Lorenz llamó a este fenómeno Impronta e hipotetizó que tenía un importante valor adaptativo: Para poder sobrevivir, lo mejor que puede hacer un patito recién nacido seguir a su madre. Y ya que la madre será probablemente la primera figura en movimiento que vean, la programación genética está orientada hacia ello: Seguir a la primera figura en movimiento que ven al nacer.
Los trabajos de Lorenz agrietaron seriamente la idea de que toda conducta es aprendida: ¿Quién enseñaba a los patos a seguir a su madre por el campo? ¿Quién enseñaba a las ocas a seguir a Lorenz hasta su despacho? El concepto de impronta, entendida como un vínculo entre la madre y su cría, entraba en colisión directa con los postulados conductistas. Y a medida que fueron acumulándose las investigaciones y los experimentos de los etólogos, fue más innegable que había conductas que no eran aprendidas, sino innatas.
El apego, la búsqueda de cercanía y contacto físico entre una madre y su cría, era una de ellas y tenía un importante valor de supervivencia. Este hecho, unido a los trabajos de René Spitz en las maternidades, sugería que el cariño en el proceso de crianza no sólo es lo natural y deseable, sino lo necesario.

Harry Harlow: ¿Qué prefiere un monito, comida o cariño?
¿Qué prefiere una cría de monito? ¿Leche en abundancia o una madre suave y cálida a la que abrazar? Y más aún ¿cómo les afectaría a los monitos recién nacidos el ser privados de su madre?
Entre los años cincuenta y sesenta, dos psicólogos estadounidenses formados en los paradigmas teóricos del conductismo, Harry Harlow y Margaret Harlow de la Universidad de Wisconsin, llevaron a cabo una serie de experimentos encaminados a dilucidar la importancia del contacto físico entre madre y cría, el contacto social con otros miembros de la especie y sus efectos sobre el comportamiento adulto. Descontentos con algunas de las explicaciones de la psicología del aprendizaje conductista y estando al corriente de los trabajos de Spitz, Lorenz y de los autores británicos que comenzaban a formular las Teorías del Apego, el matrimonio Harlow diseñó un paradigma experimental en el que exponían a pequeños macacos rhesus a distintos tipos de crianza
Un grupo de monitos fue apartado de sus madres nada más nacer y criado durante 3 meses sin tener ningún contacto con ningún miembro de su especie. Su única compañía eran las llamadas madres sustitutas. Las madres sustitutas eran muñecos de alambre o felpa, con un cierto parecido en tamaño y forma a una hembra de rhesus. Algunas de estas madres sustitutas proveían alimento a través de un biberón insertado a la altura de lo que sería el pecho.
Cuando pasados esos 3 meses los monitos eran introducidos junto con macacos criados con sus madres, los bebes aislados sufrieron problemas severos de adaptación, mostraron dificultad para entablar relaciones sociales con sus congéneres y algunos murieron al negarse a ingerir alimento; sin embargo, en general, la mayoría acababa por adaptarse.
Muy diferente era el resultado cuando el aislamiento duraba más tiempo. En este caso las consecuencias en los monitos eran devastadoras. Los monitos que estuvieron 6 meses privados del contacto materno real nunca llegaron a tener un comportamiento normal: Se mantenían siempre aislados, no eran capaces de jugar con otras crías y hacían gestos extraños, como abrazarse a si mismos y dar muestras de un terror exagerado ante hechos no amenazantes. Cuando llegaban a la adolescencia estos monos eran mucho más agresivos y asustadizos, mostrando toda su vida un comportamiento más inestable, violento e impredecible.
Cuando el aislamiento alcanzaba los 12 meses (el equivalente a 6 años en un bebé humano), los monos, sencillamente, no interaccionaban jamás con el resto de miembros de su especie. Su comportamiento en general oscilaba entre los síntomas humanos de la depresión (tristeza, poca actividad, nulo contacto social…) y la esquizofrenia (posturas extrañas, mirada perdida, conductas estereotipadas y en ocasiones comportamiento claramente psicóticos, como asustarse de sus propias manos o pies a las que acababan por morder).
A medida que avanzaban los experimentos, los investigadores descubrieron que la conducta y esperanza de adaptación de los monitos era diferente en función del tipo de madre sustituta que hubieran tenido. Los monitos que se habían criado con una madre de alambre eran más inestables, agresivos y reacios al contacto social; las crías que habían tenido una madre sustituta de felpa tenían mejor pronóstico: Eran menos agresivas y temerosas, se adaptaban mejor al contacto con los miembros de su especie y, en general, su grado de alteración era menor.
En vista de ello, el matrimonio Harlow decidió dar a las crías la oportunidad de elegir el tipo de madre sustituta, introduciendo en las jaulas una madre de alambre con biberón en el pecho y otra de felpa que no daba ningún tipo de alimento. Si las teorías conductistas eran correctas, los monitos deberían mostrar más interés por las madres de alambre (con leche) que por las de felpa (sin comida). Esto sería así cumpliendo las leyes de la psicología del aprendizaje, según las cuales un estímulo que da algún tipo de refuerzo (como una malla de alambre con un biberón) se convertiría para los monitos en favorito frente a otro estímulo sin ningún refuerzo (un muñeco de felpa que no provee de comida). Por el contrario, si las observaciones y teorías provenientes de etólogos como Lorenz o de testimonios como los de Spitz eran los correctos, los pequeños rhesus preferirían a las madre de felpa aunque no les proveyeran de comida. Esto sería así suponiendo la existencia de un vínculo de apego innato de los monitos hacia sus madres; y, en caso de no existir madre real, como en el caso de los patitos de Lorenz, hacia cualquier figura que tuviera algún tipo de parecido con ellas: Suaves, cálidas y abrazables.
Los resultados no dejaron lugar a dudas: Los monitos preferían a las madres de felpa, se agarraban a ellas y pasaban así la mayor parte del tiempo; únicamente se alejaban de ellas para mamar del biberón de la madre de alambre. Y en muchos casos posponían el momento de ir a comer, preferían comer menos y hacían malabarismos para acercar la boca hasta la tetina sin soltarse de la madre de felpa. Cuando los Harlow privaron a los monitos de sus madres de felpa, estos cayeron en el mismo estado que Spitz había descrito en los pabellones pediátricos: L@s pequeñ@s se hundían en un estado de absoluta angustia, abandono y depresión.
Llegando aún más lejos, los Harlow decidieron estudiar los efectos en una segunda generación de macacos y el descubrimiento resultó aún más inquietante: Cuando las hembras que habían crecido sin madre se convirtieron ellas mismas en madres, se comportaron de forma fría con sus crías, aunque esta afirmación se queda extremadamente corta para lo que realmente sucedió: Las madres abandonaban físicamente a l@s pequeñ@s, los ignoraban, no los alimentaban, los agredían, mordían y golpeaban contra el suelo de la jaula y en muchas ocasiones llegaron a matarlos. Huelga decir que los l@s monit@s supervivientes de estas madres también se convertían después en adultos violentos, insociables, trastornados y terroríficos progenitores.
Las conclusiones eran evidentes: Para los monitos era más importante el amor maternal que la comida; incluso aunque ese amor maternal fuese en realidad un muñeco de felpa. Y, cuando ese amor faltaba, los monos adultos se convertían en insociables, violentos, inestables y temerosos.
 La Teoría del Apego: John Bowlby, el niño infeliz que se puso manos a la obra
John Bowlby tenía buenos motivos para interesarse por la felicidad de los niños. Había nacido en el Londres de principios de siglo, en el seno de una familia adinerada y aristocrática que seguía las pautas educativas de su época y clase social: El pequeño John sólo tenía contacto con su madre una hora al día, después de la hora del té; su educación y cuidados corrían a cargo de una niñera que, cuando John tenía cuatro años de edad dejó de trabajar para la familia, provocándole el mismo dolor que hubiera causado la pérdida de una madre. Para empeorar las cosas a los siete años ingresó en un internado, lo que acabó por marcar su personalidad y su interés por el sufrimiento de la infancia.
John Bowlby estudió psicología y medicina y orientó toda su carrera hacia el estudio del desarrollo emocional en l@s niñ@s, centrándose especialmente en aquellos menores difíciles, delincuentes o que mostraban problemas de adaptación. Encontró que había un patrón común que podía seguirse en las observaciones de Spitz sobre el Hospitalismo, en los reveladores experimentos de Harlow y en los estudios que iban llegando cada vez con más frecuencia del campo de la etología. Especialmente importante para él fue la obra de Lorenz, que le orientó en lo que sería su mayor aportación al campo de la psicología: La Teoría del Apego. Sin embargo, Bowlby también se guió por su propia experiencia como niño profundamente carente de afecto, con sus estudios sobre menores desadaptados y con sus observaciones acerca del sufrimiento de los niñ@s que eran hospitalizados a edades muy tempranas.
Siguiendo todas estas influencias y experiencias, hipotetizó que los seres humanos (aunque también otras muchas especies) nacemos programados para buscar una madre y quererla. Al igual que las ocas de Lorenz o los macacos de Harlow, los humanos nacemos a la búsqueda de una figura materna con la que establecer un profundo vínculo emocional y afectivo. La función de esta conducta sería asegurar que entre la madre y la cría se establezca el lazo necesario que permita la supervivencia del recién nacido; sin este lazo, sin este firme deseo de cercanía, protección y cuidados, la cría tendría pocas probabilidades de subsistir, especialmente en especies que nacen tan inmaduras como el ser humano.
Pero yendo más allá, y siguiendo algunas de las conclusiones de Spitz (que observó que los niños privados de la madre durante muchos meses perdían su capacidad de relación social normal) o de Harlow (que probó exactamente lo mismo con los macacos), Bowlby afirmó que la importancia de este vínculo era tal que su carencia o debilidad podía tener gravísimas consecuencias psicológicas en la edad adulta. Gracias a su trabajo con jóvenes delincuentes pudo confirmar que las malas prácticas de maternaje eran un denominador común en las conductas desadaptadas de l@s jóvenes delincuentes; así, l@s niñ@s que habían sido tratados con frialdad, desprecio o violencia, se convertían en adultos inestables, agresivos e insociables. Fenómeno que también podía verse en aquell@s otr@s que habían sido separad@s tempranamente de la madre o habían crecido en alguna institución fría e impersonal como un hospicio u orfanato.
En realidad, esta última conclusión de Bowlby estaba confirmada por los experimentos de Harlow: Los monitos crecidos sin una madre amorosa se convertían en adultos inseguros, agresivos, inestables y violentes. Para Bowlby, la sociedad estaba replicando a gran escala, y con seres humanos, las crueles prácticas que Harlow infringía a sus pequeños macacos. Y consecuentemente, los resultados eran los mismos.
Sin embargo Bowlby fue más allá y afirmó que estas malas prácticas de maternaje (la frialdad, el desdén, la violencia o el abandono) se transmitían de generación en generación como una especie epidemia social; así, l@s niñ@s crecidos en un ambiente sin amor se convertían en adultos que replicaban esas pautas, siendo padres o madres poco afectuosos, distantes o agresivos.
Concluyendo: Quieran mucho a sus bebés… salvo si quieren adultos desequilibrados
La Teoría del Apego afirma, entre otras cosas, que el vínculo temprano establecido entre un bebé y su madre es fundamental para el desarrollo psicológico de la persona. Así, l@s niñ@s que tienen una figura de apego accesible, amorosa y estable, aprenden que el mundo es un lugar seguro, cálido y afectuoso; crecen con menos miedo, son más segur@s, pacífic@s y estables emocionalmente. L@s niñ@s que no tienen una figura de apego o ésta se comporta de forma fría, inaccesible o errática, aprenden que han llegado a un lugar sumamente peligroso y hostil. Crecen por tanto siendo más insegur@s y desconfiad@s, y se convierten en adult@s inestables, miedos@s o agresiv@s.
La teoría del apego ha generado tal volumen de investigación que sería imposible resumirla en pocas líneas; sin embargo hoy en día casi nadie discute el valor del cariño físico, la importancia de establecer tempranamente un firme vínculo afectivo con los bebés y la relevancia que todo ello tiene en la salud mental de la vida adulta.
Es probable que tras leer este artículo usted sienta y piense que no hacía falta tanta investigación para acabar concluyendo algo tan evidente; el propio Harlow afirmó que sus investigaciones con macacos no habían aportado ningún conocimiento que no estuviera ya en el acerbo popular y el sentido común. Sin embargo, desgraciadamente, las sociedades en algunas ocasiones se apartan tanto del sentido común y los individuos nos alejamos tanto de nosotr@s mism@s que afirmar lo obvio se convierte en toda una aventura científica.

Manuel Vitutia Ciurana. Psicólogo y Colaborador de Despierta Terapias.

sábado, 12 de abril de 2014

24 años trabajando con personas mayores....

24 años trabajando con personas mayores. 
Un promedio de 6 grupos diarios - 12 a la semana.
26 personas en cada grupo.
Total: más de 300 personas al mes.

Comencé a trabajar con las personas mayores en el año 1987 en el Centro Galileo, perteneciente a la J.M. de Chamberí. Desde entonces he trabajado además en 4 Centros del Ministerio de Asuntos Sociales: (Sagasta, Vallecas, Alonso Heredia y -sobre todo- Tetuan) transferidos después a la Comunidad de Madrid.
El afán privatizador de los servicios públicos, por parte del Ayuntamiento y de la Comunidad de Madrid, me obligaron a abandonar definitivamente estos Centros, pues si quería seguir trabajando, lo tenía que seguir haciendo con la mitad del salario cobrado hasta entonces, y ser un empleado de la empresa concesionaria.
Dicho con otras palabras, de la noche a la mañana, y después de 24 años de trabajo, yo tenía que dar la mitad de mi sueldo a una empresa, puesta ahí por la mano de los políticos, en este caso: Aguirre y Gallardón.

El libro: "Cuerpo, Mente, Comunicación" pretende exponer una síntesis del trabajo desarrollado todos estos años con las personas mayores. Esta síntesis intentará dejar claros los objetivos más esenciales de la metodología, dentro de esa múltiple visión del movimiento: física – sensorial – mental - comunicacional, así como los medios para alcanzarlos.
.....¿No es lo más básico y esencial de la educación de cada persona, el conocimiento de su propio cuerpo, su utilización correcta, el desarrollo de sus posibilidades de movimiento -que son los medios de relacionarse con el entorno-, y de sus capacidades sensoriales, cognitivas y  comunicativas?....

Esta serie de aspectos constituyen los elementos básicos para convertirse en "ser" humano. La educación actual sacrifica a los seres humanos, a cambio de convertirles en máquinas. Gestos, movimientos, pensamientos y deseos están mecanizados. En lugar de favorecer el desarrollo de sus capacidades humanas se les convierte en máquinas de producción. En lugar de posibilitarles SER, se les engaña con la falacia del “tener”. Poder tener de todo, consumirlo, devorarlo, depredar la naturaleza y la tierra, explotar y poseer a las demás personas. A cambio, sin embargo, no se tienen ni se conocen a sí mismos. A pesar de poseerlo todo, uno se encuentra profundamente insatisfecho y solo. Es precisamente esa carencia vital, esa desposesión de sí mismo, lo que origina la gula de poseer a los demás.
.....


jueves, 3 de abril de 2014

UNIDAD BIO - PSICO - SOCIAL DEL SER HUMANO



UNIDAD  BIO – PSICO – SOCIAL  DEL  SER  HUMANO

 La concepción bio-psico-social del ser humano forma parte del pensamiento sistémico: una totalidad organizada por diversas entidades interrelacionadas e interdependientes entre si. Va en contra del reduccionnismo, que considera las partes aisladas sin relaciones unas con otras.

Ejemplo de reduccionimos es esto: a menudo nos encontramos con afirmaciones como que cualquier acontecimiento dentro de un ser humano es considerado casi siempre y casi de manera exclusiva, de orgien biológico.  La homosexualidad, la locura, el caracter, la inteligencia, etc., son ejemplos a su vez de esta errónea aplicación reduccionista. ¿ Porqué casi siempre intentamos encontrar todas las esplicaciones de lo que nos pasa o de lo que somos en cuestiones genéticas o  físicas? La realidad humana es muy compleja, cualquier circunstancia o acontecimiento hay que busacarlo al menos en esa interrelacion bio - psico - social. La respuesta no es simplista ni unilateral, es compleja y multidimensional, incierta.


El ser humano es complejo y  multidimensional
(Fragmento del libro: Cuerpo, mente, comunicación -bienestar integral en las personas mayores) Joaquín Benito Vallejo. Amarú Ediciones. Salamanca 2005)

 

            Tres aspectos, muy diversos entre sí, a la vez que nacidos de la misma raíz, definen al ser humano. Uno, material o físico: el cuerpo; otro inmaterial y sin embargo capaz de construir objetos materiales: el psiquismo o la mente, cuya cuna se encuentra en el cuerpo y se ubica en el cerebro, -lo inmaterial se asienta en la materia, no existe el psiquismo sin el cuerpo-; el tercero, social, cuya esencia se define en la comunicación entre las personas. Esas tres dimensiones forman una unidad indivisible, si alguna de ellas faltara no podríamos hablar de ser humano.

            En cada uno de estos campos concretos, sin embargo sumamente ambiguos, indefinidos y complejos, anidan entrelazadas también, un sinnúmero de parcelas de menor complejidad en sí mismas. En el terreno físico, el más visible, podemos discernir un cuerpo con una estructura anatómica y un conjunto de órganos encargados de llevar a cabo gran diversidad de funciones: metabólica, endocrina, respiratoria, circulatoria, digestiva, nerviosa, cerebral. En el ámbito psíquico, distinguimos la afectividad, el conocimiento, la imaginación, la representación. Por su parte, el medio social, caracterizado por las relaciones y la comunicación establecidas entre las personas, está condicionado a su vez por un marco histórico, cultural, económico, político, ético, religioso, etc.
            Los tres grandes campos con sus diferenciadas y variadas parcelas se han ido configurando a la vez desde una semilla única, naciendo unos de otros,  entretejiéndose con los mismos hilos, formando una urdimbre progresivamente más compleja y diversificada, en la que llega a ser imposible separar y diferenciar unos aspectos de otros: esto es el ser humano, un ser complejo, lleno de múltiples dimensiones y matices. Cualquier característica humana depende de esos tres campos.

La unidad  bio – psico - social está presente desde la primera célula.

Desde el principio de la vida, esos tres campos -biológico, psíquico y social-  estaban ya en esbozados, unidos, sin diferenciarse. El organismo no puede vivir sin el medio ambiente de donde ha nacido, del que se alimenta y al que necesita adaptarse para sobrevivir. Tampoco puede vivir sin sus congéneres. Todo organismo vivo se reproduce y crea diferentes agrupaciones y formas de vida de las que depende para su propia subsistencia. Esto configura el germen de lo que más tarde se definirá como social.

Tanto la adaptación al medio como la reproducción son posibles porque la materia viva es sensible y plástica, -transformable-, lo que le permite, por un lado, captar sus propias necesidades y reaccionar ante ellas, a la vez que sentir diversos estímulos del entorno en el que vive y satisfacer sus carencias. Esta capacidad es el rudimento del sistema nervioso, cerebral y psíquico, posibilitándole,  organizarse en el medio ambiente, transformándose en relación con las exigencias atmosféricas, físicas, químicas, gravitatorias, etc., de ese entorno determinado, en busca de una mejor adaptación a él, generando órganos, aptitudes y comportamientos que tienen la virtud de ser heredados por sus descendientes. En definitiva, esta capacidad sensorial y adaptativa de la materia viva y de los organismos determinan su crecimiento, evolución, complejización y diversificación en tres direcciones fundamentales. Una: la especialización física; otra, la consecución del psiquismo; otra más: la organización social, potenciándose todas mutuamente, hasta las cotas humanas actuales.

            El florecimiento del psiquismo se produce mediante las adquisiciones sensoriales, motrices, perceptivas y conductuales, que a su vez empujan al crecimiento del sistema nervioso, -conjunto de receptores y transmisores de las sensaciones internas y externas-, dando lugar a la aparición de un centro organizador de todas las informaciones y comportamientos adquiridos: el cerebro.  La lenta pero progresiva evolución de las especies animales desarrolla mayor capacidad de actuar sobre el entorno, mayor conocimiento y aprendizaje, posibilitando la efervescencia del psiquismo: que en el ser humano se manifiesta como la capacidad de prever y organizar acciones antes de realizarlas, ser consciente de ellas, y ser consciente de sí  mismo.

            La trayectoria social comienza con la reproducción, presente desde la primera célula. El organismo vivo, autoorganiza su vida, desarrollando un cierto conocimiento (Maturana, citado por Capra, 2000) del  medio. Desarrolla mecanismos no solo para vivir, sino para perpetuarse y reproducirse dando a luz a descendientes que heredan las capacidades adquiridas por sus progenitores, los cuales, han de organizarse para poder vivir formando diferentes agrupaciones, bajo un “estilo de vida” y convivencia mutua, en la que irán desempeñando funciones diversas, haciéndose progresivamente más complejas y posibilitando nuevas formas de vida. Todas las especies animales forman “sociedades” en las que las relaciones y comunicaciones entre los individuos gozan de ciertas características. Cada individuo animal depende a la vez de su sociedad de congéneres y de las condiciones que esa sociedad configura.


Todos los aspectos se condicionan y potencian mutuamente.        
Unas y otras dimensiones – biológicas, psíquicas, sociales, ambientales...-, se potencian y condicionan mutuamente formando una enmarañada red de relaciones dentro de  una unidad común. Cada aspecto aislado y cada función concreta nacen y se organizan en torno a un objetivo común que afecta a la unidad y a la totalidad: la compleja vida del ser.  Cada una de las partes, así como, las relaciones establecidas entre ellas, lo es en función de la totalidad. Aisladas, no son nada, pierden las cualidades de que disfrutaban en su tejido común e incluso, dejan de tener entidad, dejan de vivir. Cada función necesita de la participación conjunta de las demás funciones para realizar su propia y específica función. Una única función no tiene sentido en sí misma sino en cuanto va dirigida a la totalidad que es la vida global y entera de cada ser.

          La sociedad, definida por las normas, costumbres, obligaciones, etc., no puede existir sin el psiquismo, y éste, sintetizado en la capacidad de pensar, tampoco puede existir sin el cuerpo físico, formado por múltiples funciones diversas pero incapaces de llevarse a cabo de forma aislada. La función digestiva, por ejemplo, no puede desempeñarse sin las funciones circulatoria, respiratoria, endocrina, metabólica, etc., de igual modo que cada una de estas funciones necesita el concurso de todas las demás. La función nerviosa y cerebral forma parte también de ese entramado funcional. Del mismo modo, las funciones orgánicas no pueden ejercerse sin la participación de las nerviosas y cerebrales, sin las cuales, tampoco marcharían las funciones mentales ni la comunicación con los demás.
          La alteración de una de estas funciones fisiológicas no solo modifica el funcionamiento de las otras, sino que también puede alterar, en alguna medida, las funciones psíquicas y las sociales. Otro ejemplo: una deficiencia en la circulación sanguínea cerebral, puede ser causa de entorpecimiento de las funciones sensoriales y mentales, por lo tanto, provoca también distorsiones en la comunicación con los demás. De la misma manera, los problemas en las relaciones  con los demás afectan tanto al dominio psíquico, afectivo y cognitivo, como también al organismo, ya se manifieste con un dolor de cabeza, de estómago o por una aceleración del ritmo cardiaco.  Similar análisis podemos realizarlo  de cada órgano corporal y de cada función específica, sea esta del dominio físico, o pertenezca al psicológico o al social. La importancia y el papel de cada aspecto aislado, se manifiesta en cuanto ejerce su papel y sus relaciones con los demás. Pertenece a un sistema de relaciones.

miércoles, 2 de abril de 2014

LA MALA UTILIZACIÓN DEL CUERPO Y DE LA MENTE.


LA MALA UTILIZACIÓN DEL CUERPO Y DE LA MENTE.
Joaquín Benito Vallejo "Cuerpo, mente, comunicación"

              Gran parte de los trastornos degenerativos tanto físicos como mentales achacados generalmente a la vejez, no son consecuencia directa de la edad, sino, el producto de una serie de factores que podemos encuadrar dentro de una mala utilización del cuerpo (y de la mente).
          El deterioro físico, ya se refiera a un deficiente funcionamiento de los órganos, así como a la artrosis,  las desviaciones de columna, la osteoporosis,  la rigidez de las articulaciones y un largo etcétera, vienen determinadas en su mayoría, primero, por la falta de uso: sedentarismo, escasez de movimientos, rutina; segundo, el mal uso: posturas y movimientos incorrectos; y tercero: el abuso o el maltrato del cuerpo: esfuerzos sobrehumanos, largas jornadas de trabajo sin descanso, que con diferentes variables, grados y matices, según clase social, posibilidades económicas, estilo de vida, educación, cultura, entorno rural o urbano en el que se vive, profesión, etc., afecta  a un alto porcentaje de personas.
          Este mismo esquema puede aplicarse al deterioro mental, achacado vulgarmente a la vejez, la pérdida de las capacidades cognitivas: coordinación, asociación, memoria, análisis, deducción, estructuración espacial y temporal, orden, pensamiento, etc., se debe  a su nula, escasa o mala utilización, entendida ésta última como una actividad mental caótica o mezquina, con disturbios emocionales, preocupaciones innecesarias, o ansias de poder y de control, causantes todas ellas de deterioro psíquico o de accidentes cerebro-vasculares, como se ha demostrado ampliamente mediante la medicina psicosomática.
          En cuanto a la pérdida de la comunicación, su causa puede venir provocada tanto por el deterioro de las capacidades mentales como por las físicas, las cuales  restringen la comunicación. O, a la inversa, el hecho de aislarse, dejar de relacionarse y comunicarse con los demás, provoca su propio deterioro además de, incidir también en el deterioro de las capacidades físicas y mentales.
          El envejecimiento debe entenderse como un proceso vital en el que interfieren multitud de circunstancias ligadas con la forma de ser, el estilo de vida, los acontecimientos a que nos vemos sometidos, las exigencias sociales, las motivaciones..., además de nuestra condición genética.
          De todo ello queremos destacar que el estilo de vida es uno de los factores más determinantes del envejecimiento. La forma de vivir viene determinada a su vez por la economía, la cultura, la educación, el medio donde se vive, la profesión, las condiciones laborales, etc., determinantes que se han ido conformando desde la infancia, interviniendo también, en cierta medida, la casualidad. Cada persona va encontrando su propio estilo de vida no por una decisión premeditada, sino por  las condiciones de vida enumeradas, determinantes de las experiencias y posibilidades, combinadas con otro poco de suerte. A las instituciones políticas y sociales hemos de exigirles crear las condiciones  más propicias para potenciar el modo de vida óptimo en todas las personas.
          En este estilo de vida,  en el libro: Cuerpo, mente, comunicación, me centro exclusivamente en los hábitos de movimiento adquiridos, y como extensión de ello, en los hábitos mentales. En otras palabras, en la actividad física y mental que se desarrolla a lo largo de la vida. Es fundamentalmente, la cantidad y sobre todo la calidad y la complejidad de esa actividad, la determinante de la calidad del envejecimiento físico y mental.