Lo que el ser vivo añora, es siempre algo placentero, la satisfacción de sus necesidades, porque así viene escrito en los genes.
Algo que necesita su organismo y su ser, y que le hace crecer y desarrollarse.
Sin embargo, con la introyección de la moral social, lo que siente, desea y necesita, se convierte en un pecado, algo prohibido y castigado, con el objetivo de que no lo vuelva a hacer, que no vuelva a desear lo placentero, lo necesario, lo que te hace grande y maduro, el fruto de tu ser, lo que te das a ti mismo y a los demás, como el árbol que da sus frutos, para que los demás los saboreen y les hagan crecer y desarrollarse.
Fundamentalmente, el origen de ese deseo convertido en pecado es la religión, que condena todo placer y nos hace sentir culpables por haber deseado lo más natural de la vida: el placer, que es el objetivo de la vida, el camino que la vida elige para desarrollarse.