Un punto invisible en el mapa del mundo. Un lugar sin nombre, mudo y ciego para el resto del planeta. Las casas de piedra y adobe se confunden con el cielo y el paisaje. Todo es gris. Oscuros los nubarrones, pardas las encinas, ocres las tierras, caquis los sembrados, deslucidas las casas, mugrientos los corrales, jaspeados los animales, ásperos los hombres.
Tan antiguo es el pueblo que dios aún no había inventado los colores, o el ojo humano, arcaico también, no había aprendido a verlos. O son luces o sombras, claros u oscuros, nunca un término medio.
La luz absorbe los colores en verano, el resplandor ciega, el sol aplasta. Agosto es plomo refulgente, pesado, sofocante. Cielo y tierra se funden y confunden en la claridad. Es difícil encontrar los matices y los tonos. Una tormenta o un nublado, transforman en pocos minutos la luz en tinieblas; el chirriante canto de las cigarras, en estruendosos y quebrados truenos resquebrajando el cielo.
En invierno todo es lóbrego. Asolado y frío. La niebla lo empapa de misterio y temor, difuminando el horizonte, sin poder distinguir casas de hombres. Enero muestra las tierras y los regatos helados, los carámbanos colgando de los tejados, las aguas de las fuentes como piedras solidificadas. Los hombres se arrastran envueltos en mantas a ver el cacho tierra o echar un ojo a las bestias. Las mujeres casi no salen de casa, solo al corral a recoger un brazo de leña para avivar la lumbre. Los muchachos con los mocos verdes como musgo adherido entre nariz y boca, los calzones rotos, engarañados, morada la cara, llenas de pupas las rodillas, sin poder hacer el guevo con los dedos, no paran de jugar a lo que sea con tal de engañar el frio.
Tanto en invierno
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